Los días pasan rápido
cuando nos desconectamos de la conciencia.
Toda la semana ha sido
pesada, entre trabajo, colegio, súper, casa, hijos, hospital y un adiós para
siempre, entre otras cosas.
Cuando ponemos atención a cada cosa por pequeña que hacemos, es
cuando realmente disfrutamos. Ver un atardecer, los sábados, la vida.
Esta semana extravié mi conciencia en algún lugar, seguramente
abajo de alguna blusa que doblé, en medio de algunos libros que ordené, debajo
de alguna caja, realmente no lo sé.
El punto es que hoy me
di cuenta que ha pasado más de una semana desde que a Manuel, mi esposo le
dieron dos infartos, tengo más de una semana de estar fuera de casa, de no
cenar con mis hijos, de no sentarme en mi sala, de no acariciar a mi perro y de
no dormir en mi cama.
Creo que se me empieza
a notar. No es tristeza, no es enojo, no es más que una desincronización de mi
vida. Que duele.
Anoche mi hijita Cami
me hizo aterrizar y poner los pies en la tierra, bajar la velocidad y recordar
un poco donde deje mi conciencia con una sola frase: “Mami quedate conmigo un
ratito y cantame una canción.” Sentí que
debía frenar mi vida, me di cuenta que tiene 9 años y que necesita de mi, le
canté hasta que se durmió, le di un beso y luego fui a dormir.
Hoy fue un nuevo día
amanecí vestida de conciencia y me prometo no volver a perderla.
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