jueves, 12 de diciembre de 2013

Prueba no superada

Pues miren, que un día, un viernes, uno está allí en el hospital con la panza rajada, en medio de gente que ni conoce, con el consorte haciendo un video que se enfoca más en tu cara pálida y labios rojos que las enfermeras te dijeron que estaba bien si te los dejabas así, ajá, para que en el video fuera lo único que destacara en medio de toda esa palidez; sí, en eso estás cuando se oye, rompiendo todo aquel silencio, el primer llanto de tu hija. Tu primera hija. El mundo cambia para siempre.

El mundo cambia, la vida cambia todos los días... Y no voy aquí a hacer un recuento de los más de 18 años que llevo al lado de esa criatura, que sí, sigue siento una criatura; ni a enumerar todo lo que he aprendido a su lado, ni los recuerdos de sus cumpleaños, ni sus logros, ni voy a recordar que cuando se desenreda el pelo tiene color y olor de miel... No, voy a hacer un recuento de sus actos navideños, porque, ajá, la vida está llena de esos momentos y porque por más actos navideños, clausuras y días de las madres he pasado, nunca logré superar la prueba: siempre me emocioné como la primera (y eso que a estas alturas tengo tres hijos, de más de diez años los tres y que, ajá, ya no causan tanta gracia como cuando eran bebés o nenes de primaria). Nunca pude superarlo, porque cuando uno ve allí a su niña, subida en el escenario, aunque esté cantando la misma canción navideña de siempre, para uno es la más linda, la que canta mejor, la que vocaliza mejor... Y en ese momento no existe nada más en el mundo.

Y sucedió que ayer, once de diciembre de dos mil trece, esa pequeña que nacía hace más de dieciocho años, participó en su último acto navideño en toda su historia escolar. Sí, en junio se gradúa de bachillerato, y aunque, con su modito suave me dijo que no era necesario que fuera si no podía, manejé 35 kilómetros, atravesé tres congestionamientos de tránsito y bajé a todos los santos del cielo para que me permitieran estar a tiempo en el acto. Sí, Murphy suele hacer de las suyas en momentos tan importantes y memorables como ese. Parecía que El Salvador se había puesto en mi contra para no llegar a tiempo. Me costó más de una hora realizar un trayecto que normalmente me toma 25 minutos, pero allí estaba, exactamente a tiempo para ver la participación de mi hija, la última de su vida escolar. No me pregunten qué canción cantó, porque solo sé que estaba allí sentada con su camisa blanca, como quince años atrás vestida de ovejita en una pastorela y entendí que la vida ha pasado y que hemos vivido tanto y a pesar  de todo ella sigue siendo esa ovejita, la misma pequeña de tantas celebraciones navideñas y sin embargo ya tan adulta, tomando decisiones para sus estudios, para su vida, incluso aconsejándome en los momentos que requieren disciplina familiar...

Y no crean, mi hija es tan o más chillona que yo. Cuando terminó de cantar se bajó del escenario, caminó hacia mí y a medida que estaba más cerca me daba cuenta de que los ojitos le brillaban, que las lágrimas estaban a punto de salir...

Y nos abrazamos y lloramos.

Y se cerró otro capítulo de su vida.


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