miércoles, 9 de mayo de 2012
Gajes del oficio - Niño empanizado
SIENDO MAMA
miércoles, 18 de abril de 2012
El mejor trabajo del mundo
viernes, 13 de abril de 2012
Mamá soltera
No es fácil ser mamá soltera. Tenés el doble de trabajo. La sociedad te juzga. Pensás que no alcanzás a hacer todo lo que deberías de hacer. La sociedad te juzga. Hay situaciones en las que sentís que un par extra de manos te ayudarían. La sociedad te juzga…
Supongo que hay una gama infinita de razones por las que millones de mujeres terminamos criando solas a nuestros hijos. Cada quien tendrá su historia. Algunas de seguro lo hacen por elección propia. Para otras, nuestra situación es la conclusión inesperada de un cuento de hadas que termina en un amasijo de sueños rotos.
Sea como sea, el resultado es casi siempre el mismo. Nos vemos solas con la enorme responsabilidad de la crianza de nuestras criaturas. Nos da miedo no hacerlo bien, nos aterra que la falta del padre les afecte, que nosotras no seamos suficientes para ellos. Buscamos maneras de compensar esa ausencia, de decirles que estamos allí para ellos, que todo estará bien, que lograremos superar esto que llaman vida.
No siempre lo logramos. Hay días frustrantes, momentos de pánico, lapsos de llanto, de confusión. En lo personal, mi ideal desde siempre fue un bonito hogar-tradiconal-con-madre-padre-hijos y talvez hasta un perrito. No haberlo logrado es ya material suficiente para una buena dosis de culpa, de arrepentimientos, de “hubieras” atorados en algún lugar muy dentro, que uno quisiera descubrir para sacárselos de una vez y para siempre.
Y nuestra sociedad, en la que nos guste o no tenemos que vivir, ayuda poco o nada. Siempre habrá dedos señalándonos, que si no hay un hombre a nuestro lado deberá ser porque algo malo tenemos nosotras, quizás somos malas, locas, demasiado enojadas o demasiado alegres, y vaya usted a saber cuántas cosas más que se le puedan ocurrir a la vecina de al lado que no tiene mejor tema de conversación y que se jacta de ella sí ser señora-de.
Pero, de alguna manera inexplicable, todo esto se logra superar. Cuando vemos los ojos de nuestros niños, sus sonrisas, sentimos sus abracitos suaves y dulces o escuchamos esa vocecita que dice “mami te amo, qué linda sos”, todo obstáculo se vuelve chiquito. Sentimos una fuerza descomunal que nos permite seguir multiplicándonos hasta el infinito para asumir roles de madre, enfermera, maestra, profesional, consejera, cocinera, costurera, asesora de modas, estilista, fontanera, albañil, dibujante, matemática, y lo que la ocasión y los hijos requieran.
Y se puede, no es fácil, pero se puede. Más allá de los estigmas conozco muchos adultos felices y exitosos que se criaron solo con la madre. Eso, en lo personal, me alienta mucho. El desafío es doble, sí, pero hay que cumplirlo. Dicen que el amor es la fuerza más poderosa del universo, y lo creo. También dicen que el miedo es lo contrario al amor, pero estoy segura de que el amor tiene ganada esa batalla porque, al menos, para mí, el amor de mis hijas ha sido el remedio para cada ataque de pánico que llego a sufrir.
P.D.
Nunca pensé llegar a escribir un post sobre este tema, no es algo de lo que me sienta orgullosa, pero es mi realidad. Muchos lo leerán y me criticarán, pero espero que alguna otra mujer en mi situación lo lea, y sepa que no es la única. Si es tu caso y me estás leyendo, te dedico estas líneas y te animo a seguir, a no dejarte vencer. Nuestros hijos lo merecen.
Mi nombre es Karla, el de él… Sebastian.
martes, 10 de abril de 2012
Confesiones de una “super mamá”
La primera es la más urgente: no soy una super mamá, no soy una super nada. En realidad hago lo que hago por dos razones. La principal es porque hay una fuerza motora que nos impulsa a veces a olvidar la lógica, se llama amor. Esa fuerza es imparable, pero a veces es también arrasadora. Luego, la otra razón es un poco más mundana y quizás hasta triste: creo que nadie haría lo que hago si no lo hago yo. Simple.
A veces doy y doy hasta quedar sin nada, barrida, exhausta. Entrego más allá de mis fuerzas y posibilidades quizás en espera de que alguien se acerque y me pregunte que si hay algo que yo necesite. Ese momento aún no ha llegado. Talvez no llegue nunca.
Confieso que a veces temo que algún día ya no podré dar nada. Espero que eso suceda hasta que esté muy vieja y que yo sienta que mi misión está cumplida. Este trabajo es una gran labor de fe y sobre todo exige creer en el largo plazo, en el larguísimo plazo. Mis esfuerzos quizás tengan frutos en 20 ó 25 años, cuando haya una mente adulta, forjada gracias a aquel esfuerzo, que diga, como dijo Abraham Lincoln: “Todo lo que soy se lo debo a mi madre”.
Confieso que sí tengo necesidades y sueños, y egoísmos, muchos. Los guardo, celosamente, y me reprendo cuando asoman.
Confieso que también tengo incontables alegrías, satisfacciones, orgullos. Hay tanto entusiasmo en poder servir para ver crecer a tu familia. Esta labor prodiga privilegios escondidos y premios maravillosos. A veces, un solo abrazo de unos bracitos chiquitos te puede hacer sentir invencible. Y entonces se sigue, se sigue. Así es como funciona esto.
Confieso que a veces olvido que soy una mujer, olvido que fui alguien con otras aspiraciones e intereses. Olvido que el mundo es enorme y que me mi rincón es chiquito, que mi mente y mi energía son limitadas.
Confieso que ya no soy tan libre de sentir. Me escondo para llorar, me avergüenzan la cólera y la impaciencia y lucho contra todos los sentimientos que pueden ser un mal ejemplo o una mala guía para mis hijas. No quiero ser la que destruye sino la que edifica, como esa mujer sabia de la que habla la Biblia.
Confieso que sigo aquí voluntariamente, firme, con el corazón, porque mantengo una libertad básica y gigante: la libertad de amar. Amo a mi familia, esa es una gran verdad. A veces, desde fuera, ese amor se puede ver como una super fuerza, que lleva a esa dañina y estereotipada expresión de “super mamá”. La verdad es muy sencilla, lo que hay es bien simple porque no hay poderes mágicos ni extraordinarios, es solo entrega, compromiso y amor.
*Gracia Pasos es colaboradora de Madres 2.o
lunes, 30 de enero de 2012
Es difícil ser mamá
[Malas madres]
Uno nunca termina de aprender este oficio. Cuando finalmente se sale de las piñatas y las interminables tareas, porque ahora son lo suficientemente grandes y maduros para tomar sus responsabilidades por sí solos, vienen los permisos para las saliditas de noche, para las fiestas de quince, las visitas al cines con los compañeros, las buenas notas o no, las conversaciones sin fin pensando en las universidades, las carreras, los futuros...
¿Dejar ir a la hija de 16 a la fiesta en el Conga Bus? ¿Es lo suficientemente madura para enfrentar los riesgos que eso lleva? ¿Está lo suficientemente preparada para no caer en las redes del humo, el alcohol, los "amiguitos"?
Una madre se hace preguntas todos los días. Y no todos los días tiene las respuestas. Especialmente una madre como yo [mala madre] despreocupada, despistada; que no se da cuenta que le falta un hijo en la casa hasta las 9:30 de la noche y mientras el papá lo busca desesperado por toda la colonia, uno sigue pensando que por allí debe andar con el otro amiguito, que ya va a aparecer. Y aparece. Y mientras el papá le grita, lo amenaza, lo regaña, lo castiga; uno solo piensa "qué difícil ser hijo". Ajá, porque uno de madre [o padre en el caso] siempre le está pidiendo a los hijos que entiendan, que se pongan en el lugar de uno: "¡es que por favor, entendé, estaba preocupado y por eso te estoy gritando!" parecemos decir; ¿y quién entiende al niño que viene todo chuco, sudado y feliz de jugar con los amigos y le cae el gran sermón con las grandes palabras solo porque a veces el que no pone atención es uno? Obvio, que esto solo es una reflexión mía, y que durante el transcurso del drama mejor me quedo callada [porque soy mala madre, ya sabemos] mientras el niño llora y el papá sigue gritando.
Entonces: ¡malas madres del mundo, uníos!
Deberíamos hacer un manual o un grupo de ayuda y apoyo.
Como dije antes, esto de ser madre es difícil, todo nos sale a puro instinto y sentido común. Al final, la única certeza posible es que uno los ama entrañablemente y que cualquier cosa que haga no es por ganas de joder y seguirse equivocando; es porque uno los ama. Solo por eso.
[Nota al final de la edición: Recién publico esto y me voy a revisar el correo de Yahoo, lo cual, últimamente hago, cada cuatro o cinco días [o cuando me acuerdo que existe esa cuenta]. Me encuentro con un correo [enviado el viernes a las 9:00 am] de la profesora del menor de mis hijos diciendo que para hoy necesitan ir de camisa manga larga y pantalón de vestir. Yo lo mandé con camiseta manga larga café y jeans, porque él me dijo: "camisa café y pantalón azul". Y entonces, me sigo sintiendo mala madre.]
jueves, 26 de enero de 2012
Malas Madres
Nos sentimos malas madres por no dar a nuestros hijos todo el tiempo y atención que necesitan. Sabemos que hay madres mucho peores, pero es no sirve de calma, porque hay que ver para adelante y no hacia atrás para tomar referencia.
Sufrimos por no poder pasar cumpleaños con ellos en días laborales, sufrimos por esos dias en que llegamos y ya están dormidos. Lamentamos el tiempo perdido en reuniones de trabajo mientras ellos, lo más importante de nuestra vida, están con otras personas que no somos nosotras.
¿Es mala madre la que trabaja para que sus hijos tengan una mejor educación, una mejor alimentación, un estilo de vida más confortable?
¿Es mala madre la que no puede jugar con ellos por hacer las tareas domésticas que nadie más hace?
¿Es mala madre la que, maltratada por su pareja, transmite el maltrato a sus hijos?
Y por el otro lado
¿Es buena madre la que sacrifica su crecimiento profesional por estar en casa con ellos, pero se guarda su frustración?
¿Es buena madre la que juega con ellos, pero tiene la casa patas arriba y viviendo en un ambiente insalubre?
¿Es buena madre la que en lugar de castigar deja pasar todo, porque ahora hay que ser amigo de los hijos?
¿Es buena madre la que “aguanta” todo de su pareja “por el bien de los hijos”?
Seguramente habrán respuestas afirmativas y negativas para cada una de las preguntas, porque el ser bueno o malo depende del marco de referencia, y cada cabeza es un mundo.
No nos queda más, como dice la canción, que intentar dar lo mejor, un dia a la vez, teniendo la mente abierta a que no todos los dias serán buenos y que más de alguna vez amaneceremos con la sensación de ser malas madres, aunque quizá para nuestros hijos, seamos la mejor mamá del mundo.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
Prueba no superada
Sí, porque no importa la edad que tengan, uno de mamá se sienta allí y el hijo sale a escena y es como si todo el mundo alrededor desapareciera y el hijo allá arriba es el más lindo, el que mejor baila, el que mejor canta, el que tiene la mejor voz... Y no importa que de tan chiquito que está ni siquiera se mueva en el escenario, no importa que el pantalón se le esté cayendo porque le queda grande, o que las mangas de la camisa se salgan debajo del saco, o que los ganchitos se le caigan, porque tiene el pelo muy liso, o que el disfraz de ovejita le tape toda la cara, o que todavía sea un bebé y al verte entre el público salga corriendo a sentarse con vos. No importa nada de eso, el hijo de uno tiene un reflector encima, una luz especial que lo ilumina. El hijo de uno sonríe desde el escenario y se siente una felicidad extrema, unas ganas de subir a abrazarlo, unas ganas de que la vida siempre sea así de perfecta y mágica y de tanta felicidad allí van [plin plin] las lagrimitas.
Y entonces me doy cuenta de que no importa la edad, las veces que los haya visto en los actos del colegio, siempre esos momentos van a ser especiales.
Y entonces me enjuago las lagrimitas y me repito como tantas veces lo hicimos con mi amiga Olga al salir de esos actos:
¡Prueba no superada!
martes, 22 de noviembre de 2011
Grandes recompensas de la vida.
El punto es que después de ese día horrible, que además me tocó estar en el carro más de una hora al regreso en trabazones por la Zona Rosa, Multiplaza y Merliot; llego a la casa y, iluminada por la luz de la lámpara de mi mesa de noche, me encuentro esto:
Díganme: ¿no merece la pena vivir por cosas como estas?
Al final, se olvidan todos los dolores, las preocupaciones, los líos; por una sonrisa tan dulce, una mirada tan sincera, un amor tan verdadero

