jueves, 24 de marzo de 2011

Que seamos madres, trabajemos y etc.

no quiere decir que no podamos tener una piel linda.

Una va llegando a "una edad" peligrosa en la que la piel ya no es tan agradecida como a los 20 y no basta solo con lavarse la carita con agua y echarse en el cuerpo cualquier crema que le recomiende la amiga. Mucho más cuando resulta que "una" abusó del sol desde los 15 años, exponiéndose más de lo debido y utilizando sistemas de bronceado tan arcaicos como la cerveza.

Bueno, esa es historia aparte.

Resulta que mi dermatólogo, que es hombre, pero según me dijeron una eminencia en el país; me dio unos consejos bastante interesantes que quiero compartir con todas las mamás que nos leen; los hijos y esposos de las mamás para que les cuenten.  Más o menos va así la cosa:

• En El Salvador todo mundo debería usar protector solar cuando va a estar expuesto por tiempo prolongado al sol, por lo menos en la cara.
• Resulta que si uno está bajo techo, pero en un lugar abierto, sin paredes; está expuesto al 70% de los rayos UV. Eso me dijo el Dr. y me dio susto.
• Hay que tomar mucha agua, obvio, para hidratar la piel.
• No bañarse con agua caliente, ni tibia (si es posible)
• Si tiene la piel muy seca no usar esponja ni "paste", le quita los aceites naturales a la piel.
• Usar jabón Dove  (esto no es un anuncio, de verdad me lo dijo el Dr.)
• Usar crema humectante 2 veces al día (mañana y noche)

Y ahora el secreto de secretos para una piel más suave:

Después de bañarse, con la piel todavía mojada; ponerse aceite para bebé (el Johnson tiene uno con aloe) en brazos y piernas. Al secarse, en vez de "choyarse" la toalla (ja ja ja, no hallé cómo decirlo) se seca de una manera suave. Después usar su crema "as usual", no quisiera nombrar marcas (ya demasiadas nombré) pero ya sabemos cuáles son las mejores, ¿verdad? Les prometo que si hacen este ritual todos los días van a tener una piel suave, envidiable y ¡acariciable!

Y para finalizar: por favor, ¡protéjanse del sol!

domingo, 13 de marzo de 2011

Médicos 2.0 para niños 2.0

Elegir un pediatra es un giro a la ruleta, uno no sabe cómo será hasta que inician los controles, las consultas, las enfermedades y las soluciones. Sólo por medio de la prueba y error de cada acción se van conociendo las bondades y debilidades del médico de tus hijos.

Para la pequeña Gaby nos jugamos la novedad de la recomendación en lugar de llamar a los 2 pediatras neonatólogos que han atendido al peque desde su nacimiento. Y quizá tomamos la decisión correcta.
Los dos, hombre y mujer, son muy buenos profesionales, tienen años de experiencia, pasaron por el Hospital Bloom en sus momentos de juventud y aun hoy tienen consultas en el ISSS, lo que los mantiene vigentes.
Pero, son de los que se actualizan únicamente por congresos presenciales. No tienen el internet como herramienta, no se les puede contactar por correo electrónico, mucho menos cuenta de twitter. Hay que buscarlos por las vias tradicionales.
El neonatólogo que atendió a Gaby en su nacimiento es de otra generación. No sabría decir si es de nuestra edad o un poco menor, pero definitivamente es de la era 2.0.
Nos olvidamos la cámara el dia del parto y él tomó las fotos con su celular.
En su tarjeta aparece, además de los teléfonos de contacto, su dirección de correo electrónico.
Actualmente está en el Bloom, lo cual es una gran cosa porque los hospitales públicos son la mejor escuela que hay, ahí llega de todo lo imaginable y lo que no.
Está actualizado con las alergias, intolerancias y demás cosas que aquejan a nuestros niños de hoy, tan atacados por los efectos del medio ambiente.
Sabe escuchar y no ve los casos como una situación sacada del libro que hay que seguir al pie de la letra, sino que concluye de la observación y puede pronosticar lo que un médico de cajón no ve, con el fin de hacer el menor daño por aplicación de medicamentos innecesarios.
Una cosa simpática que hizo en una consulta fue que, para reconocer mi número de celular, lo identificó con una foto de Gaby que él mismo le tomó en el momento. Así, cuando le llame y le diga "soy la mamá de Gaby" sabrá exactamente de qué bebé le estoy hablando.
Sí, los médicos de ella serán de esta generación, así como ella es de la nueva era, así como el dentista del peque, que usa el ipad para enseñarte las fotos del procedimiento que te va a realizar o que usa la tecnología para llegarle a los niños y que no tengan miedo a las intervenciones a las que los adultos tenemos pánico.
Doctores 2.0 para niños 2.0

jueves, 24 de febrero de 2011

Hace 11 años

Antes de que cualquier prueba de laboratorio o chequeo médico me confirmara que ya estabas conmigo, yo te presentí. Te sentí impetuosa e inquieta dentro de mi útero adolescente. Te presentí amorosa y pícara, curiosa y hablantina.

La primera vez que te vi eras un pedacito de persona que apenas se movía. En ese tiempo las ultrasonografías eran remedos de imágenes en blanco y negro en los que había que adivinar las formas. El médico nos mostraba tu cabeza, tus manitas, tus piés, tu corazón, y yo no pude evitar llorar. Ya te amaba, pero al verte me enamoré irremediablemente.

Te gustaba jugar al fútbol aún antes de nacer. Recuerdo la piel de mi vientre ondeante, y tus piecitos recordándome que pronto saldrías, para caminar a mi lado. Todos los meses que estuviste dentro de mí me sentí acompañada y amada.

Yo, a mis 19 años e ignorante de todo, esperaba con ansiedad el día de tu nacimiento. Cuando comenzaste a dar señales de querer salir a conocer el mundo me di cuenta de que la vida no es como la pintan, y se puso a prueba mi autocontrol.

Me recuerdo corriendo a un teléfono público para avisarle a tu papá que ya venías, luego yendo al hospital solo para que, después de una semana de dolores, me mandaran de regreso para la casa. Recuerdo a tu abuelito Lilo y a tu tío Sergio saliendo entusiasmados pensando que te traía en brazos, y no aún dentro de la panza. Recuerdo a tu abuelita Clarita acompañándome de nuevo al hospital cuando ya los dolores no me dejaban dormir.

Recuerdo la angustia que sentí cuando me dijeron que era necesario que nacieras ya, y que ya que mi cuerpo no colaboraba, te abrirían camino a punta de bisturí. Recuerdo haber visto tu manita, en medio del mareo de la anestesia, y haberme esforzado en ver que tuvieras escrito mi nombre en el brazaletito que recién te ponían.

Después de que naciste, aquel mediodía del jueves 24 de febrero de 2000, te separaron de mí. Fueron horas eternas en las que, mientras recobraba el sentido, no me aguantaba por verte, por cargarte por primera vez. ¿Por qué no la traen? ¿Estará todo bien? ¿Qué voy a hacer cuando la tenga aquí conmigo? ¿Podré hacerla feliz?

Era de madrugada aún cuando una enfermera me despertó: “Señora, aquí le traigo a su niño”, al tiempo que ponía en mi cama un bultito rosado envuelto en una manta. Entonces vi los ojos más bellos del universo. Te vi, me viste, me sostuviste la mirada, y mi corazón se hinchó tanto que no sé cómo mi pecho no reventó.

Desde entonces has sido mi niña, mi tesorito, mi joya, mi pollito. Te he visto reír y llorar, hemos jugado y te he regañado. Hemos apostado a ver quién le da más besitos a la otra en un minuto. Te he enseñado a ser una mujercita y me has enseñado a ser mamá. Hemos corrido juntas, nos hemos caído juntas, me has visto equivocarme y me has perdonado, has sido la razón por la que, sin importar qué tan malo fuera mi día, he amado la vida. Por años has estado allí para recibirme con una sonrisa, sin reclamar el hecho de que te deje todo el día para ir a trabajar, y sin jamás escatimarme un “te amo, mami”.

Te veo, y ya no sos mi niña, sos toda una señorita. Tu cuerpo y tu mente cambian, pero tu amor está intacto. Veo tus ojos y sigo viendo a mi bebé. Me besas y sigo sintiendo la ternura de nuestros primeros años. Cada vez sos capaz de caminar más lejos por tu cuenta, sola, y comprendo que pronto serás toda una mujer, y me dan ganas de reír, y me dan ganas de llorar, y quiero ser la mejor mujer del mundo para servirte de ejemplo, quiero aprender toda lo que pueda para poder enseñarte, quiero vivir suficiente para no dejarte sola.

Gracias, mi Adri, por haber venido al mundo, por estar conmigo siempre y por tu amor incondicional. Gracias mi niña, por tu sonrisa, por tus chistes, por tus bromas, por tus reflexiones que a veces parecen de adulta, por contarme qué haces en tu día, por confiarme tus problemas y buscar en mí las soluciones.

Felices 11 años, hija, espero estar allí para compartir muchísimos cumpleaños más. Apenas empiezas, te falta mucho por vivir, por favor nunca olvides que aquí está tu mamita, para lo que querrás, y siempre me tendrás allí, mientras Dios me regale vida.

jueves, 17 de febrero de 2011

La peor madre del mundo... no, del universo

Hoy me decía una amiga que debería de escribir en un blog mi experiencia como periodista y como madre. Pues en el blog ya escribo, pero esta misma combinación explosiva entre mi profesión y mi situación familiar me había mantenido en una vorágine implacable que me llevó a abandonar por un tiempo este espacio. Mea culpa y disculpas.

Hoy me siento como la peor madre del mundo, no, más bien, del universo. ¿Saben qué hice? Fui a dejar a mi bebé a la guardería —la mejor que pude encontrar, luego de un rosario de solicitudes de referencias a mis amigas, y las respectivas visitas frustrantes a una, tras otra, tras otra…—, como todos los días, con su maletita lista: pañales, frazadita, cambios de ropa, baberos, calcetines, las pachitas con agua, ajá, todo. Menos la leche.

Bueno, en realidad me refiero a la fórmula láctea en polvo con la que las madres que trabajamos sustituimos la lecha materna —“el mejor alimento para el lactante”, según dice en letras chiquitas en la misma lata, como un aguijoncito que nos termina de apuñalar el corazón—.

Justo cuando comenzaba a respirar tranquila porque ya había cumplido mi tercer gran deber del día, léase dejar a la niña en la guardería (en otra entrada les compartiré cuáles son las primera y la segunda… y la tercera, la cuarta, la quinta…), una llamada a mi celular me cayó como patada en la cara: “señora, me dice la enfermera que no le trajo la lechita a la niña”, y al fondo, se escuchaba el inconfundible llanto de mi bebé, de mi Clarita, que a sus casi cuatro meses de edad pasa la mayor parte del tiempo con extrañas (extrañas para mí, ella ya las conoce, y las saluda con una sonrisa cuando las ve).

Las que sean madres se imaginarán la combinación de angustia, culpa y cólera que me invadió. Cólera contra mi misma, angustia por mi bebé, culpa por no poder ser más eficiente, por no poder hacer abundar más el tiempo, por no haber revisado dos veces la maletita, por no poder ser mamá de tiempo completo ahora que mi hijita me necesita tanto.

El plan mental para resolver el problema era simple: pasar a la farmacia que queda cerca de la guardería, comprar la fórmula e írsela a dejar. En esas estaba cuando apareció Murphy. En la farmacia no tienen la marca de fórmula que toma mi hija, que además debe ser libre de lactosa para evitarle los cóligos. Corro al mostrador, pregunto si tienen esta fórmula, me dicen que no, me regreso a la góndola, veo otra marca que dice ser libre de lactosa, vuelvo al mostrador, y mientras la pago, le pido a Dios que no le vaya a caer mal. Regreso al carro, manejo como autómata hasta la guardería, me bajo y corro dentro, las encargadas me reciben y les doy la fórmula, no las veo, no las oigo, solo busco con la mirada a mi bebé, la ubico y la encuentro con los ojitos hinchados de llorar, ya calmada porque las enfermeras la han estado arrullando, el corazón se me encoje, la quiero cargar, quiero darle el pecho, pero es tardísimo y debo volver a la oficina. Una de las enfermeras le prepara la fórmula y otra se sienta con ella en una mecedora y le da de comer. Veo que hace un gesto de disgusto al probar la leche y se me sale una lágrima. Tras la insistencia de la enfermera, mi Clarita finalmente agarra el biberón y empieza a comer. Me ve, se distrae y suelta el biberón, es mejor que me vaya, lo sé, pero no quiero, pero igual lo hago.

De ese momento, al minuto que llego a la oficina, no recuerdo mucho, a estas alturas se ha ido ya la angustia, y solo me queda la culpa. La culpa sigue aquí conmigo y no logro sacudírmela. Es mi compañía más recurrente desde que, hace 11 años, comenzó este binomio difícil de conciliar entre mi gran pasión, el periodismo, y mis grandes amores, mis hijas.

Amo lo que hago, pero amo más a mis hijas. Debo trabajar para que a ellas no les falte nada, pero con mi horario les termino faltando yo. Tengo una rutina, una lista de pendientes, una agenda semanal y otra mensual, todo lo que los libros de crianza de niños para madres que trabajan te recomiendan. Aún así no logro ser infalible, y en la maternidad los errores se pagan muy caros.

Son las 10 de la mañana y el día es aún joven. Me falta mucho por hacer, superar el corre-corre de la hora del almuerzo y asumir el papel de ama de casa cuando llegue por fin al hogar, a una hora indeterminada e impredecible, y rogarle a Dios que esta vez sí haga las cosas bien, para que talvez, y solo talvez, mañana pueda ser una mejor mamá.

domingo, 13 de febrero de 2011

Fiesta bailable

Los tiempos cambian.
La vida es de otro modo.

Ahora nuestros hijos tienen acceso a un montón de cosas, están llenos de información, el internet les ha abierto las perspectivas y su mundo es más amplio.

Uno no se da cuenta y los hace bien "tiernos" e inocentes. Mi chiquito de 8 años vino ayer en la mañana y me dice que va a haber una fiesta en la colonia, "una fiesta bailable", me dice; y que él quiere ir. Es organizada por el comité de la colonia y la hacen en el área de parque, con mesas a la orilla de la piscina y disco móvil en un lugar cerrado. El asunto es que el peque me insiste, que vale cinco dólares con cena y tres dólares solo el baile, que él quiere ir a las dos cosas, que va a ir con sus amigos de la colonia. Lo que me llama mucho la atención es que repite "fiesta bailable" varias veces, muchas veces, y a mí me da risa, porque pienso que no entiende el concepto o que a saber qué se imagina de una fiesta bailable o sí entiende y quiere ir a ver a la gente bailar.

A las cinco de la tarde se baña, se perfuma, se pone ropa linda, me pide los cinco dólares para la fiesta y se va en patineta con los amigos.

A las ocho y medio considero que ya es suficiente tiempo para que haya andado rondineando la fiesta, viendo a la gente que baila... A las niñas, qué sé yo. Me imagino que anda por allí dando vueltas con los otros niños, aburridos. Llego al lugar  comienzo a dar vueltas para encontrar al bichito. Piscina, no. Parque, nada. Canchas, no. Lo busco en la pista de baile, tal vez anda "ispiando" a los bailantes. Solo hay un montón de niños bailando. Un montón de niños bailando y cuando veo detenidamente, el mío está en el centro, todo un experto, con unos pasos y una destreza que nunca me imaginé, se tira al piso y da unas vueltas sobre la espalda, al estilo breakdance. Un experto. Me escondo detrás de la pared para que no me vea, para que no le dé pena. Sigue bailando y me siento tan tonta.

miércoles, 26 de enero de 2011

La edad de los por qué

Ella se pregunta y se ha preguntado casi desde que empezó a hablar: ¿Por qué los árboles están bailando?, me decía cuando los miraba moverse al viento desde la ventana del carro.

Ella se pregunta por qué el mundo es cómo es. Por qué yo a veces trabajo tanto. Por qué su pelo es así y no como ella quisiera que fuera. Por qué sus hermanos sacan mejores notas que ella. Por qué le resultó tan fácil aprender a tocar piano y guitarra. Por qué se quiere tanto a los amigos.

Ella se pregunta todos los días y escribe en su cuaderno y dibuja en su libreta. Tiene cajones y gavetas llenas de preguntas, de sueños, de ilusiones.

Ella se pregunta, se cuestiona, es una persona seria; y sin embargo hace tan poco era un bebé, una cosita gorda y cachetona con cuatro pelitos ralos y rubios en la cabeza. Era un bebé que corría sin pena por los pasillos de un súper con su vestido rosado lleno de listones de colores. Era un bebé que me repetía "juguemos, mami" a las doce de la noche el día de su segundo cumpleaños. Un bebé que podía pasar horas frente a la tele viendo programas de animales. Un bebé que dejó la pacha a los catorce meses, un bebé que dejé en la puerta del maternal de quince meses, sin una queja, sin un llanto.

Ella se pregunta y es así. Selecciona universidades en internet y planifica cómo va a hacer para pagarse sus estudios. Es una mujer, pero es una niña a la que le gustan los dulces y subirse a los árboles y escalar paredes y andar en los canopys y cualquier deporte que sea extremo.

Ella se pregunta y es mi niña quinceañera. Dulce, suave, con sonrisa de Monalisa, con pelo y ojos color de miel. Ella se pregunta y cada vez que puedo le respondo.

http://laedaddelosporue.blogspot.com/

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Niños enredados

La semana pasada me tocó hacer una investigación para un estrategia de comunicaciones en la que el target son niños. Entre unas encuestas informales y la información que se encuentra en internet, los datos, nada que me sorprenda; dicen que los niños comienzan a usar internet aproximadamente a los 8 años. ¡Qué chiste!

Digo que no me sorprende, porque mis hijos, que entran ya en la categoría de los Millenials (o generación Y) nacieron con la computadora bajo el brazo. Mientras mi generación tocó una compu por primera vez a los 18-20 años; para mis hijos la computadora es parte del mobiliario de la casa. Y por ejemplo, el chiquito, que tiene 8 años, ha visto a sus hermanos a la par de la compu desde que nació, juega en internet desde hace más de dos años, usa frases como "buscáme un link en Google" y ya tiene una cuenta en Facebook.

Obviamente se habla mucho de las edades, de la privacidad, de la seguridad; pero ¿cómo se puede detener a todos estos niños para los que su manera de comunicarse, aprender y compartir es completamente diferente a la nuestra? Causa gracia, por ejemplo, ver el primer Estudio de Redes Sociales en El Salvador, en donde el grupo más grande de personas con Facebook es el comprendido entre los 18 y 24 años. ¿Por qué causa gracia? Porque en ese grupo están todos esos niños que han tenido que "truquear" la edad para poder tener una cuenta.

Y, como digo, no se les puede detener. Esa es la vida ahora. Eso es lo que saben. Y uno de madre -especialmente yo que soy adicta a las redes e internet-, tiene que entender también, acompañarlos, ayudarles el día que abren su blog, explicarles que no tienen que aceptar en Facebook a nadie que no conozcan, ver videos de un bebé que se ríe en YouTube y reírse con ellos,  enseñarles a guglear las tareas... Compartir tiempo de calidad con los niños enredados.

Porque esa es la vida ahora.

martes, 16 de noviembre de 2010

Cuando el “Yo” se convirtió en “nosotros” (2ª parte)


…y hoy, el día de mi cumpleaños se cubrió con otro evento: el segundo día del kinder de mi hijo. Se me olvidaron los 32 años que me pesan encima, el desayuno que me ofreció mi hermana, la cena romántica de anoche, los zapatos nuevos, todo quedó atrás de la mamá que dejó a su niño en la puerta de aquel lugar que será su casita en las próximas semanas.

Todo el fin de semana he pasado planeando el gran día: la ropa, la comida, la hora, todo listo pero para el primer día en que mi hijo se separaba del nidito en el que lo hemos tenido desde marzo de 2009. La ropa, el lugar y la hora en un tiempo eran importantes, pero para mi cumpleaños, que pasaba celebrando una semana entera, una beba cada día, repartiéndome con cada uno de mis grupos de amigos…hoy, ni hay energía para celebrar ¡Hoy me levanto a las 6 a.m.!

Y como soy la mamá, me toca repartirme entre los trabajos, la comida de la casa, el esposo, el carro, los abuelitos del niño, las amigas que llaman, los amigos que se acuerdan de uno, el almuercito con los de la oficina, el color de mi ropa, el hoyo en el zapato, la oficina, el blog, el dolor de vientre…el llanto de Marco.
Y aún tengo cabeza para más, con esto de las redes sociales que se te meten por todos lados, aunque no quiera, me doy cuenta de que mataron a uno, que el presidente anda de viaje, que el Manchester perdió, que Facebook ya tiene mail, y esas cosas, que en mi ínfima mentecita de mujer se revuelven con lo demás, pero de repente, me acuerdo que mi hijo está en casa, esperando por contarme, a su manera, lo que le pasó hoy en el kinder.

Pero es mi cumpleaños, 32 primaveras de ser Dora, pero repartidos entre 30 de ser "yo" y 2 de ser “nosotros”, con ese pedacito de mi vida que en el carro, de vuelta a casa del kinder me dijo, sin siquiera saber qué fecha es hoy, “Mami, ‘pilís' ” (traducción: Mami, cumpleaños feliz).






P.D. Conté cuántas veces digo “kinder” en todo el post, comparado a las veces que menciono la palabra cumpleaños…y ya vi que esto de “nosotros” ya no tiene marcha atrás.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Una mamá vista por los ojos de su hijo...

Me llegó esto por e-mail, enviado por mi amiga Ana, salvadoreña que vive en España. Es una encuesta realizada entre niños de primaria. No me pregunten en donde, no dice. No pude evitar publicarlo aquí. Al final teminé con una sonrisa tonta... Espero que lo disfruten como yo.


¿Quién es el jefe en tu casa?
1. Mi mamá no quiere ser jefe pero tiene que serlo porque mi papá es chistoso.
2. Mi mamá. Lo sabes por la inspección de mi cuarto. Ella ve hasta lo que hay debajo de mi cama.
3. Creo que mi mamá, pero solo porque ella tiene más cosas que hacer que mi papá.


¿Por qué hizo Dios a las Madres?

1. Porque son las únicas que saben dónde están las cosas en la casa.
2. Principalmente para limpiar la casa.
3. Para ayudarnos cuando estábamos naciendo.
4. Para que nos quisieran.


¿Cómo hizo Dios a las Madres?

1. Usó tierra, como lo hizo para todos los demás.
2. Con magia además de súper poderes y mezclar todo muy bien.
3. Dios hizo a mi mamá así como me hizo a mí, solo que usó partes más grandes.
4. Yo creo que tardó mucho en hacerlas, pues mi papá dice que a veces las mujeres son muy complicadas.


¿Qué ingredientes usó?

1. Dios hizo a las madres de nubes y pelo de ángel y todo lo bueno en este mundo y una pizca de malo.
2. Tuvo que empezar con huesos de hombres y después creo que usó cuerda, principalmente.
3. Yo creo que con muchas flores ...


¿Por qué Dios te dio a tu mamá en vez de otra mamá?

1. Porque somos parientes.
2. Porque Dios sabía que ella me quería más a mí que otras mamás que me quisieran.
3. Porque nos parecemos mucho.


¿Qué clase de niña era tu mamá?

1. Mi mamá siempre ha sido mi mamá y nada de esas cosas.
2. No se porque no estaba yo allí, pero creo que ha de haber sido muy mandona.
3. Dicen que antes era muy linda.


¿Qué necesitaba saber tu mamá de tu papá antes de casarse con él?

1. Su apellido.
2. Si quería casarse con ella.
3. Pues... si tiene trabajo y si le gusta ir de compras.


¿Por qué se casó tu mamá con tu papá?

1. Porque mi papá hace el mejor spaghetti en el mundo y mi mamá come mucho.
2. Porque ya se estaba haciendo vieja.
3. Mi abuela dice que porque no se puso su gorra para pensar.
4. Para poder ser la mamá de la casa.


¿Cuál es la diferencia entre las mamás y los papás?

1. Las mamás trabajan en el trabajo y en la casa y los papás solo van al trabajo.
2. Las mamás saben hablar con las maestras sin asustarlas.
3. Los papás son más altos y fuertes, pero las mamás tienen el verdadero poder porque a ellas les tienes que pedir permiso cuando quieres quedarte a dormir en casa de un amigo.
4. Las mamás tienen magia porque ellas te hacen sentir bien sin medicina.


¿Qué hace tu mamá en su tiempo libre?

1. Las mamás no tienen tiempo libre.
2. Si lo oyes de ella, paga cuentas TODO el día...
3. Creo que... trabajar.


¿Qué haría a tu mamá perfecta?

1. Por adentro ya es perfecta, pero afuera creo que un poco de cirugía plástica.
2. Que no me regañara tanto y que me dejara ver más tele.
3. Si supiera jugar fútbol...


¿Si pudieras cambiar algo de tu mamá, que sería?

1. Tiene esa cosa rara de pedirme que siempre limpie mi cuarto Eso le quitaría.
2. Haría a mi mamá más inteligente, así sabría que mi hermano me pegó primero y no yo.
3. Me gustaría que desaparecieran esos ojos invisibles que tiene atrás de su cabeza.

domingo, 31 de octubre de 2010

Semana de Exámenes...

Sí, esa linda época del año escolar en que las mamás nos estresamos más que el propio día que nacieron los bichitos... Por lo menos en mi caso que, digamos, no tengo tiempo para enseñarles un método decente de estudios o por lo menos estar encima para ver que de verdad estén estudiando...

Y es que, la verdad: yo confieso que a mí tampoco me enseñaron un método. Imagínense fui la sexta de siete hermanos, nadie tenía tiempo de sentarse conmigo a estudiar o por lo menos a  supervisarme ni nada. Así que la consigna en mi casa era "Queremos solo diez, allí ve vos cómo hacés"... Y el punto es, no sé en qué momento cambió esto; que nuestros progenitores no cargaban con los sentimientos de culpa que arrastramos nosotros. Pasaban trabajando todo el día y era normal, llegaban tarde a casa y yo no me acuerdo que llegaran a supervisar si uno había hecho los deberes o estudiado, llegaban a descansar o a ver tele... Yo fui responsable de mis notas y exámenes desde primer grado -o por lo menos eso recuerdo- . Si a uno se le olvidaba la tarea en casa no había mamá que saliera corriendo a dejarla a la Escuela, si se olvidaba, allí quedaba.

Ahora bien: yo me estreso, sí me estreso más que nunca en estos días, porque tengo 3 hijos y tengo que organizarlos para que estudien: la de 15 necesita sacar 10 en Science y en Grammar para subir unas notas feítas que lleva por allí, los dos varones solo necesitan subir a 9 dos 8's que llevan para llegar al Principal. Mientras escribo esto, ellos ven tele, el chiquito juega en el DS, porque al final la competitiva soy yo y no ellos. Ellos no están estresados por subir al Principal o llevar las mejores notas del mundo... A veces se me olvida que no quiero que sean los mejores ni más exitosos en la vida, si no que simplemente quiero que sean los más felices.

Por eso, allí van ahorita los dos varones con su pandillita de amigos a andar en bici y a bañarse en la piscina de la colonia, seguramente van a regresar como a la una de la tarde todos rojos, hambrientos y mojados. Qué importa, solo se es niño una vez.

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P.D. Hablando de métodos de estudio: el más adecuado que encontré para mis hijos, que era el que yo seguía, incluso hasta la universidad; es el de los cuestionarios. El año que no trabajé yo pasaba el día entero haciéndoles cuestionarios en la compu, se los imprimía, ellos los contestaban y de allí repasábamos. Si era necesario los volvíamos a imprimir otra vez. Ahora los dos mayores, de 15 y 12, hacen sus propios cuestionarios en la computadora...