No es fácil ser mamá soltera. Tenés el doble de trabajo. La sociedad te juzga. Pensás que no alcanzás a hacer todo lo que deberías de hacer. La sociedad te juzga. Hay situaciones en las que sentís que un par extra de manos te ayudarían. La sociedad te juzga…
Supongo que hay una gama infinita de razones por las que millones de mujeres terminamos criando solas a nuestros hijos. Cada quien tendrá su historia. Algunas de seguro lo hacen por elección propia. Para otras, nuestra situación es la conclusión inesperada de un cuento de hadas que termina en un amasijo de sueños rotos.
Sea como sea, el resultado es casi siempre el mismo. Nos vemos solas con la enorme responsabilidad de la crianza de nuestras criaturas. Nos da miedo no hacerlo bien, nos aterra que la falta del padre les afecte, que nosotras no seamos suficientes para ellos. Buscamos maneras de compensar esa ausencia, de decirles que estamos allí para ellos, que todo estará bien, que lograremos superar esto que llaman vida.
No siempre lo logramos. Hay días frustrantes, momentos de pánico, lapsos de llanto, de confusión. En lo personal, mi ideal desde siempre fue un bonito hogar-tradiconal-con-madre-padre-hijos y talvez hasta un perrito. No haberlo logrado es ya material suficiente para una buena dosis de culpa, de arrepentimientos, de “hubieras” atorados en algún lugar muy dentro, que uno quisiera descubrir para sacárselos de una vez y para siempre.
Y nuestra sociedad, en la que nos guste o no tenemos que vivir, ayuda poco o nada. Siempre habrá dedos señalándonos, que si no hay un hombre a nuestro lado deberá ser porque algo malo tenemos nosotras, quizás somos malas, locas, demasiado enojadas o demasiado alegres, y vaya usted a saber cuántas cosas más que se le puedan ocurrir a la vecina de al lado que no tiene mejor tema de conversación y que se jacta de ella sí ser señora-de.
Pero, de alguna manera inexplicable, todo esto se logra superar. Cuando vemos los ojos de nuestros niños, sus sonrisas, sentimos sus abracitos suaves y dulces o escuchamos esa vocecita que dice “mami te amo, qué linda sos”, todo obstáculo se vuelve chiquito. Sentimos una fuerza descomunal que nos permite seguir multiplicándonos hasta el infinito para asumir roles de madre, enfermera, maestra, profesional, consejera, cocinera, costurera, asesora de modas, estilista, fontanera, albañil, dibujante, matemática, y lo que la ocasión y los hijos requieran.
Y se puede, no es fácil, pero se puede. Más allá de los estigmas conozco muchos adultos felices y exitosos que se criaron solo con la madre. Eso, en lo personal, me alienta mucho. El desafío es doble, sí, pero hay que cumplirlo. Dicen que el amor es la fuerza más poderosa del universo, y lo creo. También dicen que el miedo es lo contrario al amor, pero estoy segura de que el amor tiene ganada esa batalla porque, al menos, para mí, el amor de mis hijas ha sido el remedio para cada ataque de pánico que llego a sufrir.
P.D.
Nunca pensé llegar a escribir un post sobre este tema, no es algo de lo que me sienta orgullosa, pero es mi realidad. Muchos lo leerán y me criticarán, pero espero que alguna otra mujer en mi situación lo lea, y sepa que no es la única. Si es tu caso y me estás leyendo, te dedico estas líneas y te animo a seguir, a no dejarte vencer. Nuestros hijos lo merecen.
