martes, 21 de junio de 2011

MI PRIMERA VEZ

SI! ahora es como mi PRIMERA VEZ… y la primera vez no se olvida!


Es así como todo en la vida, siempre hay una primera vez! Algunas veces nos gusta y lo disfrutamos, otras nos entristece tanto, tanto que nos llena la vida con una nube gris que solo se quita si cambiamos la música o abrimos la refri.

Mi primera vez.. tenía 15 años… era la celebración de mi cumple… me quede en casa de una gran amiga solo con compañeras de colegio, era la primera vez para todas dormir afuera de casa (bien planeado por cierto) jugamos, bebimos, bebimos y bebimos.. esa fue mi primera vez, me emborraché.


Mi primera vez, con un novio que quería muchísimo, conocía el riesgo de lo que podía pasar.. nos cuidamos.. pero 3 años después quedé por primera vez embarazada… esa fue mi primera vez como mamá.

Casi había olvidado estas ocasiones:

Mi primera vez en la universidad, sin conocer a nadie y sentirme por primera vez sola, sin amigos.

La primera vez que me rompieron el corazón, ya estaba casada.. eso dolió.

La primera vez que tome una de las decisiones más grandes de mi vida: no volví a comer carne y nunca más a pensar de forma negativa.

Imposible olvidar:

La primera vez que le solté la bici sin rueditas al chele (mi hijo) y después de casi media cuadra que pensó que iba atrás de él, se cayó.. pero aprendió.

La primera vez que entre a una morgue de un hospital a reconocer a mi papi…aun me hace llorar.

La primera vez que me divorcié y después la primera vez que me casé por la iglesia (linda ella de blanco)

La primera vez que quede embarazada de una niña.


Tengo que confesar..ésta ha sido la primera vez que me desnudo en una página.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Se llama Tato

Lo conocí en el bus del valle hace tres años, cuando se sentó a la par mía y me contó cómo sobrevive cada día para poder estudiar. Casi cumple los once años, pero parece tener ocho, estudia séptimo grado.

Cada mañana Tato se sube al bus. Toda la gente lo conoce, así es que cada día alguien le da algo, dinero para el bus, unas galletas, unas frutas, ropa. Y es que Tato viaja en dos buses para llegar hasta la escuela, se desayuna un café y si tiene suerte almuerza algo.

Me ha dicho, que le puede suceder cualquier cosa, pero que va a terminar la escuela, sueña con construir un edificio alto y si continua tan decidido como hasta ahora, creo que un día, cuando Yo ya sea viejita, voy a subir por el ascensor del edificio de Tato.

Se sube al bus, pensativo, si le das la oportunidad relata su historia como si estuviera contando una película, sigue de largo y mientras ve por la ventanilla, lleva una medio sonrisa pintada.

Al medio día sale de la escuela y se va para la ciudad, ahí pasa la tarde, hace las tareas y le ayuda a su abuela con la venta de bolsitas de agua y otras cositas, en la parada de buses.

Por la noche, Tato, la abuela y la hermanita de Tato, quien no ha tenido la suerte de ir a la escuela, se paran a la salida de Santa Tecla a pedir “ray” de regreso al valle, a veces lograron comer algo, a veces no, se nota en su cuerpo.

A pesar de lo tarde del regreso, Tato, debe ir a “jalar” el agua, para el día siguiente, para bañarse y que la abuela lave. A las once de la noche, cuando ya el sueño lo vence, prepara todo lo del día siguiente y duerme, imagino que es entonces cuando juega, tiene amigos y logra ser niño un rato.

Al día siguiente, la jornada empieza temprano otra vez para Tato. Y lo veo subirse al pequeño bus en que viajamos y si no se sienta conmigo, veo que alguien más, le extiende la mano, me bajo y Tato se va de largo, como se le va de largo la infancia.

Y Tato, al igual que muchos otros niños, no tiene mamá en este mundo, pero sé con certeza, que realmente nunca lo dejó, por lo que veo. Nada le sobra y casi todo le falta, menos la alegría de la vida.

Por este niño, su empeño, inocencia y alegría, decidí escribir hoy estas líneas en nombre de su madre, que en algún lugar, se debe sentir muy orgullosa.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Confianza pura

Clarita me ve, como si hubiera descubierto al mayor de los tesoros. Abre los ojos, le brillan, me enseña sus encías desnudas, en las que aún no asoman los primeros dientes. Está quieta, en la cama, mientras yo me preparo para bañarla. Ella se deja ser, nada más, y cuando la tomo en brazos se ríe, de nuevo, como si algo trascendental estuviera pasando en su vida.

Va conmigo gradas abajo, no me despega la vista. La sumerjo en la bañera, con agua al tiempo —el clima no está para aguas tibias— y le siguen brillando los ojos mientras repito la ceremonia diaria de ponerle champú y jabón, y cantarle: ♪ Ven solecito, caliéntame un poquito…♪

A veces me siento abrumada por la confianza que mi bebé tiene en mí. Cuando está llorando por alguna causa, me busca, me da los brazos, y al tomarla, se calma. Ya sea que la esté bañando, o cambiando, o poniéndola en el asiento del carro, ella se deja ser, nada más, y me ve con una mirada mezcla de ternura y esperanza, con ese brillo, que me sobrecoge. ¿Cuál es tu esperanza, Clarita? ¿Por qué confías tanto en mí? ¿Por qué me regalas tanta dulzura, cada día, en las escasas horas que logramos compartir?

La semana pasada me dijo mamá. No logro describir lo que sentí en ese momento. Quizás aún no lo asimilo. Lo viví ya la primera vez con Adriana, pero eso no opacó la magia, la maravilla del momento.

Y me lo dijo con esa misma esperanza, esa alegría, esa confianza ciega y pura que me conmueve hasta los huesos, que me aterra llegar a traicionar, o no pagar como se debe.

Soy feliz, feliz, feliz día de la madre para mí.

lunes, 9 de mayo de 2011

EL DIA DE LA MADRE

Me estrené como mamá a los 20 años, no sabía nada sobre el tema, pero el amor a los hijos es el mejor instructor, bueno, la mano de mi hermana, también tiene sello en esta casa.
Estando tan joven y sin planes, todo fue difícil, a veces comíamos a veces no (si ven mis fotos de esos tiempos, todos éramos delgados). Mi hermano, mi tía Angelita, colaboraron muchas veces en nuestra dieta alimenticia.
Mis tres hijos, el mayor de unos seis años y el menor, de 3, eran terribles, una vez botaron la puerta de la sala, otra vez casi se electrocutan con un cable que cortaron, desarmaban relojes, me pintaban la ropa.
No teníamos empleada, así es que en vacaciones se iban a casa de los abuelos. El más terrible gritaba “No, mami, NOOOO, me voy a portar bien”. Regresaba sola a la casa, me sentaba con el perro en la sala y escuchaba los gritos de mis hijos bajando las gradas, sus risas y lloraba cada noche hasta que llegaba el fin de semana y los podía ver.
Muchas cosas faltaban en la casa, pero cuando el corazón está lleno, no se siente el estómago quejarse. Escuchábamos música juntos, ya de adolescentes, veíamos series de tv, íbamos al cine y nos divertíamos, con cualquier cosa, historias, chistes, cantando y bailando con el libro de Laura Esquivel.
Hubo un año en el día de la madre, que me llamaron a la oficina y todos gritaban, “Mamá te tenemos un tele y una licuadora…y un AVION” se oía al fondo David. El corazón me saltó, porque nosotros no celebrábamos esas fechas y menos con un regalo asiiiiii.
Me daban vueltas las ideas, en el camino a la casa, pensé: “Porque no mejor no otras cosas?” Mejor ir al super o comprarles zapatos, pero en fin. Iba pensando en donde poner el tele. Que cosas movería.
Cuando entre ahí estaban los tres, saltando y gritando “cerra los ojos, CRERRA LOS OJOS!!”, me senté y me dieron un sobre, abrí los ojos y abrí el sobre y mientras sacaba lo que había adentro, veía sus caritas. Eran todo alegría, sus ojos brillaban, hubiera sido suficiente, el recuerdo de esos rostros.
En el sobre había, recortados del diario, un televisor, una licuadora, un avión y un ramo de flores….años después me llevaban a cenar a buenos restaurantes, me dieron un carro de agencia o me regalaron dinero, pero ese año, es el primero y creo que será el último que siempre venga a mis recuerdos.
Ya todos mis hijos son hombres y cada uno ha hecho su vida. Vivimos en un lugar lindo. Pero nada se va a comparar nunca con aquellos días en que nos reíamos y disfrutábamos cada cosa por pequeña que fuera; como dejaron el corazón rebalsando de ternura y amor, ahora ya no lloro cuando no están, más bien recojo perros, gatos, ranas y cualquier clase de bicho que necesite un poco de amor ( por cierto, ahora todos somos “esbeltos”)
FELIZ DIA DE LAS MADRES

domingo, 3 de abril de 2011

De la Equinacea y otras yerbas.














Una de las mejores cosas que pudo haber hecho mi suegra, además de tener a su hijo; es haberme presentado el fascinante mundo de las hierbas y sus propiedades curativas a través de este libro.

No se imaginan todas las bondades que tienen todas las hierbas, frutas y verduras que consumimos a diario. Por ejemplo: la mitad de un melón tiene la cantidad diaria necesaria de vitamina C, una cucharadita diaria de jugo de perejil ayuda a combatir las alergias. ¿Dolor de muelas? Enjuague con clavo de olor. Y así, las historias interminables.

Pero, de verdad, la que me cautivó y compró para siempre es la linda y milagrosa Equinacea. La Equinacea es un antibiótico natural que además sirve para subir las defensas, pueden leer más de esta planta que se parece mucho a la gerbera aquí. La cosa es así: usted debe tomar 1000 mm de vitamina C al día para alejarse de la molestosa gripe. Si a pesar de esto de repente le caen los síntomas, duplique la dosis de vitamina C, es decir 2000 mm y se toma un comprimido de Equinacea en la mañana y otro en la noche. Eso es lo que hago yo y creo que no me da gripe desde hace más de un año. La Equinacea no se toma todos los días, solo cuando lleguen los síntomas y tampoco sirve para quitarla cuando ya le ha dado.

Lo maravilloso es que la venden en dierentes presentaciones: en GNC las hay en botes de 300 comprimidos, de esas pastillas como plásticas que se abre y traen el polvo adentro; yo las abro y se las echo en la leche o jugos a mis hijos. Además venden otra presentación que es para niños que son unas ampolletas que se pueden vaciar igual en la leche o jugos. Además en Farmacia San Nicolás venden unos botecitos con gotas.

El mensaje de esta historia: uno no tiene que andarse drogando cada vez que le cae una enfermedad, yo odio eso y odio hacérselo a mis hijos; la medicina natural es una de las cosas más maravillosas que nos pudo haber pasado a las madres, aparte que es mucho más barato. ¡Ya basta de antibióticos carísimos y horribles! La mayoría de las veces yo llevo a mis hijos a donde un homeópata y hasta la fecha es lo mejor que pude haber hecho. Yo misma voy a una doctora de Medicina Biológica.

Todo natural, sin estar llenando el cuerpo de químicos espantosos que un día nos van a cobrar la cuenta.

 Y bien, para finalizar, gracias a @olgarcher y su pregunta en Twitter acerca de la Equinacea se me ocurrió escribir esto.

jueves, 24 de marzo de 2011

Que seamos madres, trabajemos y etc.

no quiere decir que no podamos tener una piel linda.

Una va llegando a "una edad" peligrosa en la que la piel ya no es tan agradecida como a los 20 y no basta solo con lavarse la carita con agua y echarse en el cuerpo cualquier crema que le recomiende la amiga. Mucho más cuando resulta que "una" abusó del sol desde los 15 años, exponiéndose más de lo debido y utilizando sistemas de bronceado tan arcaicos como la cerveza.

Bueno, esa es historia aparte.

Resulta que mi dermatólogo, que es hombre, pero según me dijeron una eminencia en el país; me dio unos consejos bastante interesantes que quiero compartir con todas las mamás que nos leen; los hijos y esposos de las mamás para que les cuenten.  Más o menos va así la cosa:

• En El Salvador todo mundo debería usar protector solar cuando va a estar expuesto por tiempo prolongado al sol, por lo menos en la cara.
• Resulta que si uno está bajo techo, pero en un lugar abierto, sin paredes; está expuesto al 70% de los rayos UV. Eso me dijo el Dr. y me dio susto.
• Hay que tomar mucha agua, obvio, para hidratar la piel.
• No bañarse con agua caliente, ni tibia (si es posible)
• Si tiene la piel muy seca no usar esponja ni "paste", le quita los aceites naturales a la piel.
• Usar jabón Dove  (esto no es un anuncio, de verdad me lo dijo el Dr.)
• Usar crema humectante 2 veces al día (mañana y noche)

Y ahora el secreto de secretos para una piel más suave:

Después de bañarse, con la piel todavía mojada; ponerse aceite para bebé (el Johnson tiene uno con aloe) en brazos y piernas. Al secarse, en vez de "choyarse" la toalla (ja ja ja, no hallé cómo decirlo) se seca de una manera suave. Después usar su crema "as usual", no quisiera nombrar marcas (ya demasiadas nombré) pero ya sabemos cuáles son las mejores, ¿verdad? Les prometo que si hacen este ritual todos los días van a tener una piel suave, envidiable y ¡acariciable!

Y para finalizar: por favor, ¡protéjanse del sol!

domingo, 13 de marzo de 2011

Médicos 2.0 para niños 2.0

Elegir un pediatra es un giro a la ruleta, uno no sabe cómo será hasta que inician los controles, las consultas, las enfermedades y las soluciones. Sólo por medio de la prueba y error de cada acción se van conociendo las bondades y debilidades del médico de tus hijos.

Para la pequeña Gaby nos jugamos la novedad de la recomendación en lugar de llamar a los 2 pediatras neonatólogos que han atendido al peque desde su nacimiento. Y quizá tomamos la decisión correcta.
Los dos, hombre y mujer, son muy buenos profesionales, tienen años de experiencia, pasaron por el Hospital Bloom en sus momentos de juventud y aun hoy tienen consultas en el ISSS, lo que los mantiene vigentes.
Pero, son de los que se actualizan únicamente por congresos presenciales. No tienen el internet como herramienta, no se les puede contactar por correo electrónico, mucho menos cuenta de twitter. Hay que buscarlos por las vias tradicionales.
El neonatólogo que atendió a Gaby en su nacimiento es de otra generación. No sabría decir si es de nuestra edad o un poco menor, pero definitivamente es de la era 2.0.
Nos olvidamos la cámara el dia del parto y él tomó las fotos con su celular.
En su tarjeta aparece, además de los teléfonos de contacto, su dirección de correo electrónico.
Actualmente está en el Bloom, lo cual es una gran cosa porque los hospitales públicos son la mejor escuela que hay, ahí llega de todo lo imaginable y lo que no.
Está actualizado con las alergias, intolerancias y demás cosas que aquejan a nuestros niños de hoy, tan atacados por los efectos del medio ambiente.
Sabe escuchar y no ve los casos como una situación sacada del libro que hay que seguir al pie de la letra, sino que concluye de la observación y puede pronosticar lo que un médico de cajón no ve, con el fin de hacer el menor daño por aplicación de medicamentos innecesarios.
Una cosa simpática que hizo en una consulta fue que, para reconocer mi número de celular, lo identificó con una foto de Gaby que él mismo le tomó en el momento. Así, cuando le llame y le diga "soy la mamá de Gaby" sabrá exactamente de qué bebé le estoy hablando.
Sí, los médicos de ella serán de esta generación, así como ella es de la nueva era, así como el dentista del peque, que usa el ipad para enseñarte las fotos del procedimiento que te va a realizar o que usa la tecnología para llegarle a los niños y que no tengan miedo a las intervenciones a las que los adultos tenemos pánico.
Doctores 2.0 para niños 2.0

jueves, 24 de febrero de 2011

Hace 11 años

Antes de que cualquier prueba de laboratorio o chequeo médico me confirmara que ya estabas conmigo, yo te presentí. Te sentí impetuosa e inquieta dentro de mi útero adolescente. Te presentí amorosa y pícara, curiosa y hablantina.

La primera vez que te vi eras un pedacito de persona que apenas se movía. En ese tiempo las ultrasonografías eran remedos de imágenes en blanco y negro en los que había que adivinar las formas. El médico nos mostraba tu cabeza, tus manitas, tus piés, tu corazón, y yo no pude evitar llorar. Ya te amaba, pero al verte me enamoré irremediablemente.

Te gustaba jugar al fútbol aún antes de nacer. Recuerdo la piel de mi vientre ondeante, y tus piecitos recordándome que pronto saldrías, para caminar a mi lado. Todos los meses que estuviste dentro de mí me sentí acompañada y amada.

Yo, a mis 19 años e ignorante de todo, esperaba con ansiedad el día de tu nacimiento. Cuando comenzaste a dar señales de querer salir a conocer el mundo me di cuenta de que la vida no es como la pintan, y se puso a prueba mi autocontrol.

Me recuerdo corriendo a un teléfono público para avisarle a tu papá que ya venías, luego yendo al hospital solo para que, después de una semana de dolores, me mandaran de regreso para la casa. Recuerdo a tu abuelito Lilo y a tu tío Sergio saliendo entusiasmados pensando que te traía en brazos, y no aún dentro de la panza. Recuerdo a tu abuelita Clarita acompañándome de nuevo al hospital cuando ya los dolores no me dejaban dormir.

Recuerdo la angustia que sentí cuando me dijeron que era necesario que nacieras ya, y que ya que mi cuerpo no colaboraba, te abrirían camino a punta de bisturí. Recuerdo haber visto tu manita, en medio del mareo de la anestesia, y haberme esforzado en ver que tuvieras escrito mi nombre en el brazaletito que recién te ponían.

Después de que naciste, aquel mediodía del jueves 24 de febrero de 2000, te separaron de mí. Fueron horas eternas en las que, mientras recobraba el sentido, no me aguantaba por verte, por cargarte por primera vez. ¿Por qué no la traen? ¿Estará todo bien? ¿Qué voy a hacer cuando la tenga aquí conmigo? ¿Podré hacerla feliz?

Era de madrugada aún cuando una enfermera me despertó: “Señora, aquí le traigo a su niño”, al tiempo que ponía en mi cama un bultito rosado envuelto en una manta. Entonces vi los ojos más bellos del universo. Te vi, me viste, me sostuviste la mirada, y mi corazón se hinchó tanto que no sé cómo mi pecho no reventó.

Desde entonces has sido mi niña, mi tesorito, mi joya, mi pollito. Te he visto reír y llorar, hemos jugado y te he regañado. Hemos apostado a ver quién le da más besitos a la otra en un minuto. Te he enseñado a ser una mujercita y me has enseñado a ser mamá. Hemos corrido juntas, nos hemos caído juntas, me has visto equivocarme y me has perdonado, has sido la razón por la que, sin importar qué tan malo fuera mi día, he amado la vida. Por años has estado allí para recibirme con una sonrisa, sin reclamar el hecho de que te deje todo el día para ir a trabajar, y sin jamás escatimarme un “te amo, mami”.

Te veo, y ya no sos mi niña, sos toda una señorita. Tu cuerpo y tu mente cambian, pero tu amor está intacto. Veo tus ojos y sigo viendo a mi bebé. Me besas y sigo sintiendo la ternura de nuestros primeros años. Cada vez sos capaz de caminar más lejos por tu cuenta, sola, y comprendo que pronto serás toda una mujer, y me dan ganas de reír, y me dan ganas de llorar, y quiero ser la mejor mujer del mundo para servirte de ejemplo, quiero aprender toda lo que pueda para poder enseñarte, quiero vivir suficiente para no dejarte sola.

Gracias, mi Adri, por haber venido al mundo, por estar conmigo siempre y por tu amor incondicional. Gracias mi niña, por tu sonrisa, por tus chistes, por tus bromas, por tus reflexiones que a veces parecen de adulta, por contarme qué haces en tu día, por confiarme tus problemas y buscar en mí las soluciones.

Felices 11 años, hija, espero estar allí para compartir muchísimos cumpleaños más. Apenas empiezas, te falta mucho por vivir, por favor nunca olvides que aquí está tu mamita, para lo que querrás, y siempre me tendrás allí, mientras Dios me regale vida.

jueves, 17 de febrero de 2011

La peor madre del mundo... no, del universo

Hoy me decía una amiga que debería de escribir en un blog mi experiencia como periodista y como madre. Pues en el blog ya escribo, pero esta misma combinación explosiva entre mi profesión y mi situación familiar me había mantenido en una vorágine implacable que me llevó a abandonar por un tiempo este espacio. Mea culpa y disculpas.

Hoy me siento como la peor madre del mundo, no, más bien, del universo. ¿Saben qué hice? Fui a dejar a mi bebé a la guardería —la mejor que pude encontrar, luego de un rosario de solicitudes de referencias a mis amigas, y las respectivas visitas frustrantes a una, tras otra, tras otra…—, como todos los días, con su maletita lista: pañales, frazadita, cambios de ropa, baberos, calcetines, las pachitas con agua, ajá, todo. Menos la leche.

Bueno, en realidad me refiero a la fórmula láctea en polvo con la que las madres que trabajamos sustituimos la lecha materna —“el mejor alimento para el lactante”, según dice en letras chiquitas en la misma lata, como un aguijoncito que nos termina de apuñalar el corazón—.

Justo cuando comenzaba a respirar tranquila porque ya había cumplido mi tercer gran deber del día, léase dejar a la niña en la guardería (en otra entrada les compartiré cuáles son las primera y la segunda… y la tercera, la cuarta, la quinta…), una llamada a mi celular me cayó como patada en la cara: “señora, me dice la enfermera que no le trajo la lechita a la niña”, y al fondo, se escuchaba el inconfundible llanto de mi bebé, de mi Clarita, que a sus casi cuatro meses de edad pasa la mayor parte del tiempo con extrañas (extrañas para mí, ella ya las conoce, y las saluda con una sonrisa cuando las ve).

Las que sean madres se imaginarán la combinación de angustia, culpa y cólera que me invadió. Cólera contra mi misma, angustia por mi bebé, culpa por no poder ser más eficiente, por no poder hacer abundar más el tiempo, por no haber revisado dos veces la maletita, por no poder ser mamá de tiempo completo ahora que mi hijita me necesita tanto.

El plan mental para resolver el problema era simple: pasar a la farmacia que queda cerca de la guardería, comprar la fórmula e írsela a dejar. En esas estaba cuando apareció Murphy. En la farmacia no tienen la marca de fórmula que toma mi hija, que además debe ser libre de lactosa para evitarle los cóligos. Corro al mostrador, pregunto si tienen esta fórmula, me dicen que no, me regreso a la góndola, veo otra marca que dice ser libre de lactosa, vuelvo al mostrador, y mientras la pago, le pido a Dios que no le vaya a caer mal. Regreso al carro, manejo como autómata hasta la guardería, me bajo y corro dentro, las encargadas me reciben y les doy la fórmula, no las veo, no las oigo, solo busco con la mirada a mi bebé, la ubico y la encuentro con los ojitos hinchados de llorar, ya calmada porque las enfermeras la han estado arrullando, el corazón se me encoje, la quiero cargar, quiero darle el pecho, pero es tardísimo y debo volver a la oficina. Una de las enfermeras le prepara la fórmula y otra se sienta con ella en una mecedora y le da de comer. Veo que hace un gesto de disgusto al probar la leche y se me sale una lágrima. Tras la insistencia de la enfermera, mi Clarita finalmente agarra el biberón y empieza a comer. Me ve, se distrae y suelta el biberón, es mejor que me vaya, lo sé, pero no quiero, pero igual lo hago.

De ese momento, al minuto que llego a la oficina, no recuerdo mucho, a estas alturas se ha ido ya la angustia, y solo me queda la culpa. La culpa sigue aquí conmigo y no logro sacudírmela. Es mi compañía más recurrente desde que, hace 11 años, comenzó este binomio difícil de conciliar entre mi gran pasión, el periodismo, y mis grandes amores, mis hijas.

Amo lo que hago, pero amo más a mis hijas. Debo trabajar para que a ellas no les falte nada, pero con mi horario les termino faltando yo. Tengo una rutina, una lista de pendientes, una agenda semanal y otra mensual, todo lo que los libros de crianza de niños para madres que trabajan te recomiendan. Aún así no logro ser infalible, y en la maternidad los errores se pagan muy caros.

Son las 10 de la mañana y el día es aún joven. Me falta mucho por hacer, superar el corre-corre de la hora del almuerzo y asumir el papel de ama de casa cuando llegue por fin al hogar, a una hora indeterminada e impredecible, y rogarle a Dios que esta vez sí haga las cosas bien, para que talvez, y solo talvez, mañana pueda ser una mejor mamá.

domingo, 13 de febrero de 2011

Fiesta bailable

Los tiempos cambian.
La vida es de otro modo.

Ahora nuestros hijos tienen acceso a un montón de cosas, están llenos de información, el internet les ha abierto las perspectivas y su mundo es más amplio.

Uno no se da cuenta y los hace bien "tiernos" e inocentes. Mi chiquito de 8 años vino ayer en la mañana y me dice que va a haber una fiesta en la colonia, "una fiesta bailable", me dice; y que él quiere ir. Es organizada por el comité de la colonia y la hacen en el área de parque, con mesas a la orilla de la piscina y disco móvil en un lugar cerrado. El asunto es que el peque me insiste, que vale cinco dólares con cena y tres dólares solo el baile, que él quiere ir a las dos cosas, que va a ir con sus amigos de la colonia. Lo que me llama mucho la atención es que repite "fiesta bailable" varias veces, muchas veces, y a mí me da risa, porque pienso que no entiende el concepto o que a saber qué se imagina de una fiesta bailable o sí entiende y quiere ir a ver a la gente bailar.

A las cinco de la tarde se baña, se perfuma, se pone ropa linda, me pide los cinco dólares para la fiesta y se va en patineta con los amigos.

A las ocho y medio considero que ya es suficiente tiempo para que haya andado rondineando la fiesta, viendo a la gente que baila... A las niñas, qué sé yo. Me imagino que anda por allí dando vueltas con los otros niños, aburridos. Llego al lugar  comienzo a dar vueltas para encontrar al bichito. Piscina, no. Parque, nada. Canchas, no. Lo busco en la pista de baile, tal vez anda "ispiando" a los bailantes. Solo hay un montón de niños bailando. Un montón de niños bailando y cuando veo detenidamente, el mío está en el centro, todo un experto, con unos pasos y una destreza que nunca me imaginé, se tira al piso y da unas vueltas sobre la espalda, al estilo breakdance. Un experto. Me escondo detrás de la pared para que no me vea, para que no le dé pena. Sigue bailando y me siento tan tonta.