jueves, 5 de septiembre de 2013

El conejo en el cielo


Como todas las noches, conversé con mi hijo sobre el día, el trabajo, la vida...

Esta noche fue diferente, nos salimos a la calle a cenar. Si. Con el vaso de leche en la mano y con las preocupaciones de cada uno adentro de la casa, cerramos la puerta y nos sentamos en la grada a comer y ver la noche.

Nuestra noche estuvo iluminada con pocas estrellas y muchas nubes.

Allí me di cuenta que a pesar del día a día. las carreras, el trabajo y la novia.. siempre encontramos una conexión. Esa que nadie nos va a quitar jamás.

Vimos el cielo y dijimos al mismo tiempo... UN CONEJO!! era un conejo que saltaba por el cielo, regodeándose de su libertad arriba de nosotros. 

Que alegría saber que aun soñamos y que está con nosotros ese niño que imagina y que disfruta la simpleza

Conversamos no se por cuanto tiempo; buscamos nuestra mascota imaginaria y había desaparecido, se la había llevado la noche, seguramente a dormir a algún campo de nubes.

Lo que la noche no se pudo llevar fue nuestra conexión, que ni miles de noches, ni miles de años nos van a arrebatar jamas.. El amor de mamá e hijo.



lunes, 2 de septiembre de 2013

El primer día de su último año de colegio

Hay cosas para las que una madre nunca está preparada, por más que se haya sufrido con los hijos, por más que se haya reído con ellos, por más primeros y últimos días de todo, por más vida compartida; la ves irse al primer día de su último día de bachillerato con su pelo color miel sobre la polo blanca, dejando regado su olor a bebé por todos lados... La ves subirse al carro y te das cuenta de que empieza el ritual de desprendimiento, que aquel bebé que corría con vestido de listones por los pasillos del súper, que te repetía "juguemos, mami" a las doce de la noche el día de su segundo cumpleaños; ya no es más ese bebé.

Y resulta que allí va, convertida en la persona que todos los días sueña ser. Allí va, y probablemente, las dos recordemos este día para siempre, porque ella no pudo dormir anoche y yo tuve que transformarme en la mamá mala que no cedió ante sus ruegos de que la dejara quedarse, y yo tuve que ser fuerte y darme cuenta de una vez por todas que debo dejarla ser adulta, que debo dejar que entienda de esa forma que la vida es difícil, que en la vida real uno se tiene que levantar, por más cansado que esté.

Y allí al primer día de su último año de bachillerato. Allí va, y esos diecisiete años pasaron frente a mis ojos: tantos primeros días de clases, tanto acto de Navidad, Día de la Madre, clausuras; tantas notas, tantas tareas, tantos exámenes, tanta amigas, tanta pijamada, idas al cine; tanta trenza hecha, tantas loncheras...

Tanto adiós-teamo todas las mañanas.

Tanto nudo en la garganta.